17 primaveras y ni una puta flor para el ramo.

Nunca he entendido el miedo que tienen ciertas personas a amar, a amar mal o a que le amen demasiado.
Hasta que te conocí.
Me he cruzado con mucha gente y he hecho planes pensando que sabrían amarme. He mirado a los ojos, he besado nudillos, he caminado de la mano por calles que ya no tienen nombre, he bailado hasta caer rendida, he reído hasta que me estalló el pecho y he intentado amar de la mejor manera que sé.
Al conocerte entendí el miedo que tienen ciertas personas a que le amen demasiado. Lo estaba sintiendo en mi propia carne. Fue en el momento en el que me miraste a los ojos cuando supe que yo no podría hacer nada por ti, que me querías demasiado y demasiado bien aún sabiendo como soy. Y cuando sonreías, cuando buscabas mi mano y mi boca, cuando me acariciabas la mejilla, se veía el amor saliendo por cada uno de tus poros. Entonces ha llegado el pánico dándole la mano al olvido y agarrándome por la cintura para que frenase.
Y aquí estoy, bailando con el miedo por las mañanas y soñando con el amor por las noches.
Es cierto eso de que sólo te rompen el corazón una vez y el resto de golpes son sólo rasguños. Es cierto porque nadie me ha dolido tanto como la primera vez  y he superado amores llorando una sola noche, cuando la primera vez estuve semanas sin saber qué coño hacer con mi vida. Es cierto porque ya no me permito sentir tanto ni a tanta velocidad como lo hice en su momento y el miedo está siendo sustituido por la precaución.
Que putada joder, qué putada es saber que no sé amar más.




De las 17 primaveras que tenía a la espalda
no le quedaba ni una flor.

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Poesía entrópica