Como si ya fuesen pocas las razones.

Sabe hacer música.
Se concentra tamborileando los bordes de las mesas con los dedos, sacudiendo las muñecas y cogiendo unas baquetas imaginarias que golpea, golpea y vuelve a golpear. Es músico, y como buen músico que es, sabe hacer música en cualquier sitio.
Ya me había acariciado la espalda antes, pero nunca había hecho música conmigo. Bailábamos, reíamos y nos besábamos a la vez. Nadie nos miraba. Él se apoyó en la pared y yo me puse encima de su pecho. Inocente y creo que sin darse cuenta, empezó a golpearme las caderas, siguiendo el ritmo de una canción conocida, de esas que todos conocen y desconocen a la vez. Empezó a tamborilear el final de mi espalda y acabó dando palmadas y frunciendo los labios, como hace siempre que está tocandome.
Sabe hacer música en cualquier sitio y lleva las notas de un lugar a otro, de un bar a otro, de una cama a otra. Y esas ganas por ponerle música a la vida, es algo que me gusta mucho de él, como si ya fuesen pocas las razones que tengo para quererle.

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Poesía entrópica