El cartero siempre llama mil veces.

Nada de esto significa que me haya convertido en una persona inmune a los miedos. Nadie es inmune a los miedos, porque hay  muchos miedos, y muy diferentes, y tienen la habilidad de atacar cuando y por dónde menos lo esperas. Hay quien tiene miedo de la muerte y quien tiene miedo de la vida, de la bronca de los padres, y de las felicitaciones demasiado comprometedoras, hay quien teme las emociones del amor, o al destino que se oculta bajo la piel de un gato negro, o alas manos que te esperan en lo más oscuro de la noche; hay quien teme al tráfico en un día de lluvia, o al infarto que sigue a un éxito de muchos millones, o a la pena que dan los ancianos dementes, o al castigo divino, o al humano, o a un atraque de misiles, o a un ataque de neutrones,o a la guerra mundial; hay quien teme lo que pueda hacer el mismo, existe el temor al triunfo y el temor al fracaso, existe el miedo a las tinieblas y el miedo a ver demasiado claro. Y existe el que dice que no tiene miedo porque le da miedo ver todos los miedos con los que carga. Y hay quien tiene todos estos miedos al mismo tiempo.
Y cada persona tiene su manera particular de enfrentarse al miedo. Hay quien queda paralizado, imposibilitado de hacer nada o de ir a ninguna parte. Hay quien enloquece a causa del miedo y se convierte en alguien imprudente y temerario, y no mira a dónde se lanza.
Y existe aquel (aquel a quien me gustaría parecerme), aquel que interpreta el miedo como quien oye una alarma, y no permite que lo detenga, ni que le haga retroceder, ni que le prive de hacer lo que desea. Muy al contrario, con miedo y todo, seguirá adelante en sus propósitos y tendrá muchas posibilidades de alcanzar su objetivo porque, precisamente gracias al aviso del miedo, tomará muchas más precauciones que si no lo tuviera. 



Extraído del libro El cartero siempre llama mil veces, de Andreu Matín y Jaume Ribera.

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Poesía entrópica