El remedio y la enfermedad terminan siendo lo mismo.

La única forma de curar las heridas que deja la poesía,
es inyectarte es morfina tan adictiva
justo en el interior.

Abrirte las venas, las arterias y el corazón,
clavar dosis ingentes de versos,
llevar una vida sana yendo a recitales de poesía,
abriendo libros y despedazando poemas.

La única forma de curar las heridas que deja la poesía,
es enfrentarte a una terapia de choque,
dejar de escribir
y exponerte a la catarsis más dura de cualquier poeta.

Cuando sientas el vacío que dejan los versos inexistentes,
cuando falte la rima, las palabras y esa mezcla de tristeza, nostalgia y felicidad con la que se empieza un poema,
lo mejor es alejarte de la toxina.
Aislarte de la enfermedad y entrar en un periodo de abstinencia,
en una cuarentena de dos escasas semanas
que serán eternas para cualquiera.

El único remedio es tratar la enfermedad sin miedo,
quitarte el terror de no poder volver a escribir (le)
y repoblar despacito todos los trozos de ti
que luego debes dejar en las estrofas.

La única forma de curar las heridas que deja la poesía,
es leer poesía
y romperte con los versos de otros.

Por eso a veces es peor el remedio que la enfermedad,
aunque en este caso
las dos cosas son la misma putada.






Gracias a Óscar y a Kris por el recital tan maravilloso de esta tarde. 

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Poesía entrópica