Lo único que queda de nosotros.

Me echa de menos.
Me echa de menos y le duele haberme dejado escapar.
Ahora es cuando lamenta todas las veces que no me llamó.
Ahora es cuando me acuerdo de todos los mensajes que no contestó.

Me echa de menos y no puede dejar de ver mi recuerdo en su vida,
bebe de aquellos meses en los que estuve,
se emborracha con las poesías que le escribí,
y no puede dejar de mirar mi sonrisa en las fotos que a lo mejor aún conserva.

Puede que hasta llore mi ausencia
y grite mi nombre a otras que jamás tendrán mi planta ni mi talante.
Puede que busque su nombre en mis versos,
y a lo mejor piensa que queda un rastro de su amor en mi vida.

Pero qué vida la que viví con él.
Eso no era vida,
era un sinvivir lleno de decadencia.
Me faltaba el todo y me sobraba la nada que envolvía mis días.

Aún recuerdo esos días,
nuestros días.
Los parques y los bancos que no fueron de nadie más,
los asientos de autobús que nos pertenecían 2 veces al mes,
el abrazo de reencuentro,
el abrazo de despedida.

Aún recuerdo sus ojos y sus labios,
su risa,
su forma de besarme los nudillos y el cuello.

Aún lo recuerdo,
pero no lo echo de menos.

Soy de las que son incapaces de superar los amores fracasados,
y una parte de mi siempre se quedan en otras casas acorazonadas.
Soy de las que siempre olvidan las fechas y los detalles,
pero nunca los encuentros.

Permíteme decir
que ahora
solo
somos
recuerdo.


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Poesía entrópica