Dos excepciones que ojalá confirmen la regla.

Estoy acojonada, para qué mentir y andar con eufemismos.

Me he enamorado locamente de él,
de la poesía que tiene en los dedos,
de como hace versos en mi piel sin cortarse la lengua,
sin morderme la mía.
Me he enamorado de todas sus risas y de todas sus voces,
de todos sus formatos y en todas sus formas.
Me he enamorado hasta de su rutina, y eso es precisamente lo que más me asusta.

He quedado tan anclada a su voz que necesito escucharla dos veces al día,
sus mensajes de buenas noches funcionan como nana
y sin ellos es imposible que sueñe tranquila.
Me he enamorado hasta de su cara por las mañanas,
y de la forma, ya estudiada, que tenemos de hacer el amor.
Me he enamorado de él, de la rutina si es a su lado.

Mi miedo reside en esa palabra de 6 letras que empieza por r y acaba en a, 
porque a muy pocas personas le gusta la sucesión de las mismas cosas en el mismo tiempo,
porque muy pocas personas encuentran belleza en cada acto, palabra o frase después de haberla repetido durante más de un año.
Muy pocas veces se quiere tanto alguien.
Por eso tengo miedo,
porque las excepciones siempre son las que se saltan las reglas
y yo siempre he buscado reglas para guiarme.

Y quererle tanto,
y enamorarme de su rutina,
ya son dos excepciones.
Ojalá confirmen la regla
de querernos para toda la vida.

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Poesía entrópica