La libertad se llama utopía

Últimamente la palabra extremista e intolerante se utiliza mucho para definirme. 
No sé si el problema es la forma que tengo de expresarme o que ellos no ven más allá de mi enfado. 
Y confunden mi enfado.

Me miran, pero no me miran a los ojos. 
Me ven, y sólo ven a una quisquillosa que se molesta por todo, 
que se queja por todo, 
que cuestiona todo
y que no entiende nada. 
Me ven y sólo escuchan mis ideas acerca de un mundo que intento comprender, 
que lo intento, de verdad, pero me resulta imposible.

No voy en contra de ellos, 
no me enfado con ellos;
me enfado con la historia, 
con esas personas que han hecho historia llevándola al extremo. 

Hablo y bufan. 
hablo y no me escuchan, 
hablo e intentan corregir mi forma de ver el mundo, 
mis ideas, 
mi subjetividad. 

Están intentando cambiarme porque no entienden que pueda llegar a estar tan enfadada. 

Y he decidido callarme. 
He decidido callarme porque hablar va a acabar matándome.
Prefiero escribir todas esas quejas en un sitio que no se queje cuando doy mi opinión, 
que no me tache de extremista o de intolerante cuando no lo soy. 

Escribir siempre me ha salvado, 
siempre ha sido la cura a la enfermedad más salvaje.
y esta vez no iba a ser menos. 

Os presento a mi nueva yo, 
la que no se calla, 
la que se enfada, 
la que grita, 
la que está ardiendo por dentro. 

Me encontraréis llorando de rabia aquí. 


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Poesía entrópica