No entiendo esos pantalones con más espacio vacío que tela,
ni a las chicas que los llevan en invierno.
No entiendo a los perros que se ladran,
ni a los gatos que se arañan,
ni a la gente que bebe,
que fuma,
que se droga.
Yo he bebido,
he fumado
y me he drogado,
por eso no me entiendo.

No entiendo por qué dos personas que se quieren no pueden estar juntas,
ni el pelo despeinado y los ojos bonitos del chico que me gusta.
No entiendo eso de que algo te guste y no decirlo o decírselo.
Yo no se lo digo,
por eso no me entiendo.

No entiendo el significado de mi nombre,
ni sé de pintura,
de música o de literatura.
No entiendo el invierno sin ti,
ni a la gente que folla y no se corre.
Pero qué bien entiendo a la gente que se corre y no folla.
Se llama soledad.

No entiendo las guerras, 
ni la extrema derecha, 
ni la extrema izquierda,
ni las plumas de colores que hay en el escaparate de aquella librería,
aquellas que jamás podré usar. 

No entiendo la pobreza, 
y como la gente rica puede llegar a ser tan miserable al mismo tiempo. 
Pero sí entiendo a los pobres que llevan pantalones con más espacio vacío que tela. 
Ellos se mueren de frío, 
y nosotros de indiferencia. 

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Poesía entrópica