Un adoquín rebelde me mira desde el suelo,
vacilante,
resquebrajado e indeciso,
¿se levanta o se acuesta?
Lo miro y sonrío.
Levanto la mirada seduciendo al peligro.
Me atrevo,
paso,
no caigo.
Me alejo del adoquín que refunfuña por lo bajo.

Miro las torres de la catedral,
acarician el cielo y los pájaros las acarician.
Una guitarra triste le arranca acordes al viento
y el flamenco suena en la esquina.
Pienso en las cigüeñas,
en un pájaro precioso que aparece en mi ventana,
en los gorriones redonditos de la plaza.
Una abeja me alcanza,
vuela borracha.

Un rayito de sol tiembla.
No conoce estas tierras.
Yo pienso en los poetas de la experiencia,
y lo que escribo deja de tener apariencia de poema.
Casi no escribo,
pero todo lo que toco es literatura.

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Poesía entrópica