La chica del tirabuzón dorado tiene prisa.
Conoce el tiempo exacto de los semáforos
y no elige las calles por las que pasa.
Tiene un paraguas
negro
y pasa desapercibida,
engullida por un mar de sombrillas en el cruce de una carretera.
Pero sus zapatos
negros,
con un rítmico sonido de carrera
hacen que me fije en el tirabuzón dorado que asoma por su capucha.

Los tejados mean,
vomitan,
lloran.
Llueve.
Una mujer camina de la mano de su marido y sus tacones también se quejan.
Parece un tic tac de reloj,
un sonido tan rítmico que me hipnotiza durante un segundo.
Me fijo en los tacones y veo como minúsculas gotas saltan al andar.
Y me fijo en todos los talones
y veo las diminutas gotas saltar.

Las alcantarillas consumen,
beben
absorben.
Llueve.
Un matrimonio discute porque el paraguas no está en medio.
La mujer se moja,
el hombre asiente.

Los paraguas salen,
nacen,
se abren.
Algunos abrigos están calados.
Esquivan los charcos
pero los niños están deseando estrenar sus botas de agua.
Quieren saltar,
Quiero saltar.
¡Estalla el agua!

Llueve
pero hoy ha amanecido con el sol entrando por la ventana.



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Poesía entrópica