~sentimientos verdaderos~

El sol empezaba a despuntar por el horizonte, y poco a poco los rayos rojizos y amarillentos comenzaban a despertar a la ciudad dulcemente. Ella y él disfrutaban de los últimos minutos de penumbra y soledad de la noche, abrazados, respirando acompasadamente y sintiendo piel con piel. No querían moverse, no podrían hacerlo si seguían así. El amor los abrazaba, haciéndose pasar por los brazos de cada uno. Los coches empezaban a circular por la avenida principal, y los peatones poco a poco salían de los portales, muchos corriendo, muchos andando. Ellos no querían. Las sábanas blancas acariciaban sus cuerpos desnudos y el perfume que los rodeaba solo era sinónimo de amor. La joven se separó del pecho del chico, se desperezó y ágilmente se levantó de la cama. Él observaba sus caderas sus curvas perfectas a contra luz y no podía evitar una sonrisa. Todo en ella le encantaba. Su pelo rubio, sus ojos verdes, su piel fina y tersa, sus piernas de gimnasta, sus pechos pequeños, sus pequeñas manos y sus descalzos pies... Todo era perfecto. Desde el primer lunar de su piel hasta la punta de las uñas. La observaba mientras recogía su ropa. Él se recostó sobre la cama, con la espalda apoyada en la fría pared blanca del cuarto, con los brazos cruzados, el torso desnudo y la mirada fija en ella.

-¿qué le vas a decir a tu padre?
- nada... ¿debería hacerlo?
- Has pasado la noche fuera de casa. Te pedirán explicaciones.

Ella paró de recoger los zapatos. Se enderezó y le miró. Su cuerpo definido por las sábanas, sólo por las sábanas. Esa piel bronceada durante todo el año, esos labios finos y sensuales, esos ojos marrones, ese pelo agitado y revuelto. Los brazos, las manos. El torso desnudo... ¿tendría algún defecto aquel hombre salido de la nada?

-  ¿y que quieres que le diga?
- podrías hablarlo con tu hermana.
- Podría... ¿crees que me ayudará?
- ¿lo crees tú? la conoces mejor que yo.
- Tengo mis dudas.
-¿y a tu madre? ¿le contarás algo?

Ella le miró aún más fijamente, atravesándole con la mirada, devorándolo.

-¿me crees capaz? ¡me mataría!

Se quedó callado. Ella siguió recogiendo. Abrió la persiana del cuarto, y la luz y el aire de la mañana inundaron la habitación. Se asomó al balcón del edificio. La ciudad... La inmensa ciudad. Calles infinitas, edificios inalcanzables, millones de coches, de personas, millones de palabras pronunciadas por segundos, y millones de palabras llevadas por el viento. Se acercó a la barandilla y apoyó las manos en ella. Tomó una bocanada de aire y se preparó para lo que pudiera pasar. Era el inicio de algo eterno. Lo sabía, por que  no iba a dejar que aquello pasase. Era el comienzo de una nueva etapa de su vida, de algo diferente.
Él se le acercó por detrás, con los calzoncillos grises ya puestos y la mirada en sus caderas. Se paró detrás de ella, le cogió de la mano y la atrajo hacia sí, dándole la vuelta y mirándole a los ojos. Esos ojos verdes. Seguían con las manos cogidas, y él entrelazó los dedos con los suyos, la miró y la besó. Allí, en mitad de la ciudad, de las palabras, de los edificios y de los peatones. La besó delante del mundo, para enseñarla, para decirle a todos que ella era suya, suya y de nadie más, para demostrar que no soltaría jamás su mano. Se lo demostró a todo el mundo. A ella. Se lo demostró a si mismo. Se demostró que los sentimientos que él guardaba, eran de los de verdad, eran sentimientos verdaderos, sinceros, eran de esos de los que no se olvidan. La quería, y estaba enamorado, ni el mundo, ni ella podrían cambiarlo.

Poesía entrópica