~El rastro~

Mediados de noviembre.
Me encontraba en una marabunda de gente que iba de un lado a otro, chocándose y rozándose una con la otra, hablando e intentando bajar los precios de lo que querían comprar.
El rastro.
Tras levantarme a duras penas a las nueve de la mañana, mis padres arrastraron mi cuerpo hasta aquella explanada llena de puestos con cosas usadas, nuevas y extrañas, con gente regateando los precios más altos, con una inmensidad de personas de todas las estaturas, formas, peinados, vestimentas... Ay, me encanta.
Paseaba observando atentamente los puestos, buscando algo que llamase mi atención, que fuese barato y bueno.
A lo lejos, libros.
Un pequeño tenderete tan solo de libros.
Libros nuevos, viejos, pequeños, grandes, con las páginas amarillas por el tiempo, otras blanquísimas de historias jamás leidas. Algunos famosos y caros, otros algo más sinples y baratos. Todos expuestos en aquellas mesas, unos encima de otros, esperando a que alguien se interesase por ellos y adornar una de las miles estanterías de las casas que por allí había.
Por dios, me dije, no puedo estar aqui.
Mi madre y yo nos perdimos entre los títulos de los tomos.
De repente, como la luz de un rallo de sol, lo encontré.
La segunda parte de mi novela favortia, de la que yo ignoraba su existencia. No me pude contener y lo compré.
A medida que me iba adentrando en aquel mundo paralelo al mío, iba descubriendo cosas, cosas increibles e interesates que yo jamás había visto.
Pequeños coches del año 1938, cuadros en blanco y negro, piezas de porcelana, jugetes antiquísimos, pequeñas figuras, antiguas cámaras de fotos, uniformes de la guerra, discos de vinilo, viejas radios, CDs, gorros, grandes abrigos rojos, enciclopedias, lencería, ropas, zapatos, libros, libros, libros, libros...
Libros por todas partes.
No pude evitarlo, y me compré tres tomos más de distintos puestos.
Y la gente... o dios mio, la gente.
Unas jóvenes gitanas, con rasgos dorados y las voces quebradas cantaban en la esquina de su puesto, dejándose la voz bajo los rayos de aquel sol de noviembre. Otra mujer con un sueter blanco y una larga trenza deshecha caminba buscando ropa. Un padre y un hijo que se escondían entre los puestos, andaban de la mano. Una tendedera delgada y bella,que rebaja el precio de un adorno de metal hasta un euro y medio. Un alto hombre que fumaba una pipa de oscura madera que endulzaba el aire de su alrededor. Una negra que vendía miles de jugentes. Ancianas maquilladas y perfumadas como si estuviesen en la misma iglesia. Mujeres vestidas con chándals de un solo color. Una gran mujer rubia de bote, con varios pircings adornando su nariz y su oreja, con unos grandes ojos azules remarcados con kilos y kilos de rímel y vestida con una sudadera amarilla se dejaba la voz en el aire gritando el precio de unas bolsas de ajos que tenía en las manos. Una gorda tendedera de ojos azules y piel rosada, otro que decía que tenía ropa de bebé a buen precio, uno más allá que gritaba que tenía lencería de mujer...
Y conversaciones, palabras que surcaban el aire y me inundaban la mente por todos lados.
... ¿cuanto cuesta eso?... ¡papá lo quiero!... ¿Tienes una bolsa?.... Te doy dos euros por esto.... Eso te lo vendo por veinte euros mínimo... Buenos días... gracias.... Ajos, ajos a un euro.... ¿Es de algodón?.... Lo único que que queremos es salir de casa , pero ellos no quieren ir a Mallorca.... Eso te lo dejo a quince euros... cuarenta... ¿El edredón, cuanto?... Pero no vale la pena comprarlo... Eso te lo puedo hacer yo... ¿Quieres que vayamos a cojer dinero? Diez euros por lo menos para que te compres algo... mamá yo no tengo de eso.... Eso por tres euros aquí es un robo hija.... pero aquella de color rojo....
Palabras y frases por todos lados con distintos acentos, voces, tonos dulces y frios, cortantes y distantes, agradables...
¿Quien no ve el encanto en estos sitios por favor?

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Poesía entrópica