~Mansiones, callejones~

Entró desclaza en la enorme casa que se alzaba ente ella, aquella que tenía grandes techos y que describia extrañas figuras talladas en las paredes blancas.
Sus pies descalzos se hundieron en la alfombra morada del salón y sintió como las hebras le acariciaban los dedos, dejándola pasmada por las cosas que había allí.
Espejos, jarrones, largas alfombras, grandes cuadros, sillones, sillas aterciopeladas, mesas de caoba, vitrinas...
Aquella inmensidad la sobrecogía.
Se sentía pequeña ante aquella mansión. Sentía que su enclenque cuerpo no merecía estar allí, notaba como los ojos se le salían de las órbitas intentando captar hasta el más mínimo detalle.
¿Que se suponía que hacia ella allí, con sus ropas sucias y rotas? ¿Con su pelo enmarañado? ¿Con sus manos y pies llenos de heridas?
No pudo esperar. Salió de aquella casa que la asustaba y corrió. Corrió calle abajo con sus pies descalzos, siendo la aliada del viento. Corrió hasta que las piernas le fallaron , hasta que su débil corazón dijo basta.
Se paró en un callejon pobre. Uno de esos tantos con casas pequeñas y sucias, con el agua podrida por las calles, con la grava arañando las plantas de sus pies, con el hedor característco que tenían todos esos callejones.
De allí era, allí vivía y de allí sería toda su vida.
Y ahora que miraba alrededor, se sentía mucho más feliz que en aquella enorme casa llena de lujos innecesarios.
La felicidad estaba alli, en la cara de los niños que no tenía jugetes y que se divertían con una pelota de plástico. La felicidad estaba allí en las caras de las mujeres que recibian a sus maridos con el sueldo de la semana. La felicidad estaba allí, si, en su casa, en su tierra..
Estaba en los rinconces de las casa más humildes, que sabín disfrutar de tan solo un trozo de pan.

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Poesía entrópica