~Salvación~

Tenía la piel clara y salpicada de pecas que adornaban su rostro. Con los ojos verdes y la sonrisa en el rostro se quedaba en casa las tardes de invierno, estudiando, poniendo como excusa que se estaba labrando su futuro, para ocultar que realmente, nadie quería salir con ella.
No se sabe cómo, ni cuándo, ni dónde ni por qué, conoció a aquel muchacho.
Castaño y de piel morena, con destellos dorados y los ojos de color avellana. Con una sonrisa que paraba el mundo, le cogió de la mano un día que se encontraba en el suelo, allí, caída, a punto de la desesperación.
Ella le alzó la mano y este la sujetó, fuertemente, socorriéndola de su soledad, salvándola de sus propios miedos, de aquellas voces que empezaban a hablarle en mitad de la noche, de aquellas manos que la tocaban cuando dormía, de aquellas personas que aparecían en sus sueños noche tras noche.
La salvó de las pesadillas y de las ojeras, de los llantos, de los gritos lanzados al aire, de la ira saciada con puñetazos en la pared.
Él no le preguntó sobre las postillas de sus nudillos, ni de sus manchas bajo los ojos, ni de su delgado cuerpo. Sin hacer preguntas, sin obtener respuestas, la sacó de allí y la llevó a una sala llena de gente. Seguía sujetándole de la mano y no la soltó en toda la noche. La arrastró hasta allí, hizo que su cuerpo se moviese, la meció entre sus brazos provocando que cualquier canción se convirtiese en la balada más bonita de amor.
Y allí, en medio de las drogas y el alcohol, en medio de la gente borracha y pálida, en medio de aquella marabunda de personas que se movían de un lado a otro, en medio de aquello a los que muchos llamaban juventud, se besaron, prometiéndose así amor eterno.

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Poesía entrópica