~Gritos de auxilios encerrados en la mirada~

Como escritor de mis vivencias, siempre he ocultado información. Es cierto que la profesión de periodista es bastante satisfactoria a nivel personal. Escribo sobre lo que quiero -y puedo- usando las palabras de una manera específica y dándole matices que antes no tenían.
Sin embargo, muchas veces la información la tengo que recortar. Mostrar solo la parte que a mi periódico le interesa dar, transmitir lo que los lectores realmente quieren leer y dejar de lado la verdad y las características que realmente tiene el suceso.
Hoy, por el contrario, no pienso callar nada.
He visitado un centro psiquiátrico para indagar más sobre las enfermedades mentales que nos rodean hoy en día, cuales son sus consecuencias, como se tratan y los efectos colaterales que muchas veces dejan en las personas.
Pero lo que vi allí hizo que aún ahora, un escalofrío me recorra la espina dorsal, trayéndome imagenes aterradoras y haciéndome escuchar mis propios gritos de horror.
Fue un momento fugaz, un instante, tan solo un segundo. Específicamente lo que tardó una enfermera en salir de una habitación.
Pude ver en esa milésima de segundo a una mujer en el suelo, tumbada, gritando de dolor.
Llevaba una camisa de fuerza blanca. El pelo estaba enmarañado de una forma muy extraña, pues creaba formas y bucles donde nos los había. Negro y sucio se pegaba a la frente y las sienes por culpa del sudor que le bañaba.
Las cuencas de sus ojos eran negras, y apenas pude ver bien los destellos que salían de sus órbitas, por que los rodeaba una gran circunferencia negra, violeta y verduzca, similar a grandes ojeras. No sé si era por el llanto o por los golpes que le estaban dando.
Por que sí, la golpeaban.
Mientras de sus labios ensangrentados salían gritos agudos de dolor, dos hombres de mediana edad le proporcionaban puñetazos en el abdomen, a cada cual, ella se retorcía y gritaba aún mas fuerte. Vi distintos rayos de luz de una lámpara que iluminaba el fondo y creaba una luz tenue, la suficiente como para ver los guantes ensangrentados de aquellos "médicos" y la silla eléctrica que se dibujaba al fondo.
El horror me embargaba.
Un hedor difícil de definir llegó hasta mis fosas nasales cuando la enfermera salió de aquella habitación. No sé si provenía de la sangre, del vómito o de los excrementos de la mujer.
Oí sus aullidos de dolor y sufrimiento durante unos segundos, pues cuando la puerta se cerró, el pasillo volvió a quedar en silencio. Aún así, siguen retumbando en mi cabeza las palabras que salen de mí hasta llegar a la hoja de este periódico, martilleándome las sienes y torturándome.
Aún recuerdo el fugaz rostro de la mujer, sus quejidos y la vaga forma que tenía de intentar escapar de ese sitio. Con el rostro desencajado y la boca ensangrentada intentaba luchar y escapar de aquella habitación.
Recuerdo que me pidió ayuda con la mirada y que no pude bridársela.

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Poesía entrópica