~De trenes a autobuses~

Su figura recorría los adoquines de la calle con paso inseguro. La suela de los botines chocaba con la acera y creaba un rítmico vaivén de notas que desaparecían mientras ella avanzaba.
Salía de la estación de tren, del andén bajo tierra, del reloj grande que lucía unas agujas negras y en el que el segundero se movía sin las típicas paradas tras cada segundo, de las paredes estrechas con azulejos amarillos y rojos y del techo bajo y gris, para dirigirse a la de autobuses: una explanada de calzada enmarcada con columnas de ladrillos rojos que hacían las veces de andenes, con un recinto cerrado y alargado en el que una pantalla negra con pequeñas luces de led marcaba los destinos y las horas de salida y en el que un par de puestos vendían baratos libros y revistas.
Unos cuantos metros de paseo le condujeron a la entrada, y más tarde, a las taquillas donde compró un billete.
Cogió el trozo de papel que le tendió la mujer desde detrás del cristal y se detuvo en un pequeño puesto.
Austen, Neruda, Dumas y Machado lucían las portadas de sus ejemplares bajo los focos de luz tenue de la estación.
La pantalla indicaba el número del andén en el que debía esperar hasta la llegada del autobús.
Salió del recinto cerrado y con paso ligero se dirigió al 39.
El frío de la mañana rasgaba sus pómulos y una brisa tranquila desordenaba su desarraigado flequillo.
Hacía apenas unas horas que el sol había salido y el día aún conservaba el frío y la humedad de la madrugada.
Sus manos se frotaban buscando el calor de la piel, mientras ella esperaba sentada en un banco de metal.
La voz de una mujer por megafonía sonaba una y otra vez de una forma mecánica y continua, alertando de las inminentes salidas y llegadas.
La chica sentada en el banco abrió el libro que tenía entre las manos y se sumergió en una lectura ligera.
Unos minutos después, cansada del frío que helaba sus rostro y sus manos se levantó, y apoyándose en la columna de ladrillo rojo, se entregó al sol de la mañana. Empezó a recobrar la temperatura y poco después, llegó el autobús.
Se sentó en la cuarta fila, en el asiento de la ventana. A su lado colocó el bolso y sobre sus piernas, dejó el libro.
Observó la costa tras la ventana mientras el autobús seguía su rítmico traqueteo. El mar tranquilo movía sus olas y estas, acariciaban la arena de la orilla mordiendo las rocas del paseo. El cielo lindaba con la vasta extensión azul en una línea que enlazaba agua y aire.
Pronto, empezaron a aparecer pequeñas casitas blancas adornadas con trazos de verde que se resguardaban tras los muros de color blanco.
Reapareció la playa y con ella, un mar en el que un carguero navegaba lentamente mientras las olas lamían su proa.
Siguió corriendo la costa, al ritmo del trayecto. Un embarcadero con veleros blancos arrancaron destellos al sol e hicieron de los ojos de la chica dos pequeñas pinceladas marrones.
Sucedieron la colinas rocosas, los riscos de piedra, el camino de grava y luego, un pequeño pueblo que despertaba con el suceso de las horas y la subida del sol.
La imagen de la costa bordeando las casas y el mar comiéndose la playa, siendo el espejo del cielo y el reflejo del sol, transmitieron a la joven un sentimiento de nostalgia y añoranza.
Las casas y los edificios se imponían en la calle. En los bajos destacaban los cafés, restaurantes y pizzerias. El bus atravesó la zona turística hasta llegar a una urbanización residencial con grandes caserones de altos árboles.
Los edificios dejaron que apareciese de nuevo el mar y la tierra fina y sucia que se separaba del agua por las rocas de la costa. El viento la levantaba en una fina capa que jugaba a crear remolinos y olas en el aire.
La chica se humedeció los labios y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.
Cerró los ojos y dejó que las sombras jugasen con sus párpados mientras se sumía en un corto sueño con el rumor de la radio como banda sonora.
Despertó con el traqueteo del autobús, justo antes de llegar a su destino.
En el instante anterior a su bajada, su mirada se cruzó con la de un chico de ojos azules que se sentaba dos filas detrás de ella.
Los ojos color cielo encerraban un mundo que ella descifró en tan sólo una sonrisa.

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Poesía entrópica