~Eco y Narciso~

En la antigua Grecia, nació Eco, una ninfa criada por musas y por hadas con una preciosa voz que embelesaba a los dioses.
Todas las tardes, Eco acudía a la llamada del monte Olimpo, donde Zeus disfrutaba de sus ingeniosas conversaciones y adoraba las palabras que salía de sus labios con la voz más bonita jamás oída.

Los años sucedieron y Eco pronto se convirtió en una preciosa joven de cabellos dorados y sonrisa perfecta. Su voz seguía siendo la más buscada de toda Grecia e incluso, algunas hechiceras de los pueblos cercanos trataban de someterla a conjuros, siempre inútiles, para arrancarle los fonemas de su garganta.

Cuando un día, la diosa Hera, mujer de Zeus, vio como se reía su marido ante las palabras de Eco, presa de los celos castigó a Eco sin el don de la palabra. La deshizo de su voz. La ninfa sólo podría repetir la última palabra que pronunciara su interlocutor.

Eco, presa de la vergüenza y de la tristeza, se aisló a las entrañas de los bosques y campos, donde vivió varios años.
Seguía a los pastores mientras ellos paseaban con los rebaños por los caminos, y pronto se enamoró de Narciso, un joven de belleza incalculable. Los adivinos dijeron en su nacimiento que tendría una larga vida si no se contemplaba a sí mismo, pues caería en la mayor locura del ser humano.
El pastor despreciaba a todas las mujeres que se le declaraban.
Eco, con la ayuda de las musas y los animales del bosque consiguió decirle a Narciso cuanto le amaba, pero éste la rechazó como a tantas otras mujeres.

Dolida, desolada y presa de la tristeza de nuevo, la ninfa se aisló en las cavernas del interior del bosque y allí, murió sola consumida por el hambre y el dolor del amor no correspondido. Se desintegró en el aire cuando su corazón dejó de latir. Sólo su preciosa voz quedó en las paredes de la caverna repitiendo lo que otros gritaban en su interior.

Las ninfas, las musas, las hadas y los dioses que había disfrutado de la compañía de la joven, aclamaron al cielo su muerte con el odio en cada una de las oraciones.
Némesis, la diosa de la venganza, oyó las peticiones e hizo que Narciso observase su propia imagen en el agua transparente de un río y él, preso de su propia belleza, no le importó nada más que su imagen. Se enamoró de si mismo.
Se quedó contemplando su reflejo y murió allí, totalmente indiferente del resto del mundo.
 
 
 
 
De un ardiente frenesí
Eco y Narciso abrazados
fallecen enamorados
ella de él y él de sí
 
 
 
 
 

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Poesía entrópica