~Callaba lo que su corazón escondía~

Era una muñequita de porcelana.
No adornó su piel con exceso maquillaje ni con una leve sombra de ojos. Tan sólo el rastro de un claro pintalabios como marca.
Delgada por naturaleza y con un cuerpo escondido por ropas anchas y de colores apagados. Casi tan apagados como su sonrisa.
Era de facciones muy dulces.
Es difícil, muy difícil explicar la dulzura en una persona.
Pero ella era la descripción perfecta de esa característica.
Era pequeñita, puede que de mi misma altura o un poco menos.
Tenía unas manos preciosas y una piel blanca. No llegué a rozarle los dedos, pero sé con certeza que son la cosa más suave que cualquier persona pueda tocar.
Sus dientes eran pequeños, sus labios finos y sus ojos como dos ventanitas que escondían ese brillo que tanto luchaba por salir.
Escondía su pelo rubio, fino y liso, bajo un sombrero de un rojo apagado.
Tenía un toque bohemio, muy ella, muy especial, muy difícil de describir.
Y su carácter, dócil y tranquilo. Su voz, con un bonito acento argentino, corría de su garganta como un leve hilito de luz, que ansiaba ser escuchada.
Hazme caso si te digo que merecía ser escuchada.
Era un canto a los ángeles. Ella misma era un ángel, no dudo eso.
Callada la mayor parte del tiempo, pero bella, muy bella.
La veía desde mi sitio, y la buscaba con la mirada.
Esos andares cansados, esa cabeza gacha y esa sonrisa triste me evocaban un gran sentimiento de pureza.
No estoy diciendo que fuese una mujer apagada o consumida por el tiempo, ni mucho menos, pero tenía ese punto de dulzura que hacían de ella la persona más respetable que allí había.
Y mira que había personas, y voces y sonrisas.
Pero para mí, ella destacaba sobre todos, por el simple hecho de guardar bajo su corazoncito las palabras que su boca callaba.

Y sí, Mónica, esto es para ti.

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Poesía entrópica