Dónde todo puede comenzar, 3

Era un hombre de tonos morenos y rasgos gitanos. No estaba sucio ni vestía ropas rotas.
Llevaba unos pantalones de líneas negras y blancas, con una chaqueta grande de tela marrón. Tenía innumerables bolsillos y cosas que salían de ellos.
Al hombro, una mochila de cuero con una estrella grabada en la parte externa de la tela oscura  y a los pies, unas botas duras, estropeadas y desgastadas.
Miles de pulseras ocultaban sus antebrazos, y su pelo se componía de largas trencitas que nacían en la parte de arriba de la cabeza. Todo lo demás estaba cortado al cero.
Tenía el paso cansado y pesado, arrastraba los pies y se movía despacio.
Cuando iba por la mitad del pasillo hacia algún andén, se quedó ante la vitrina de una tienda que exponía teléfonos móviles.
No era la clase de hombre que llevase teléfono móvil, dinero o tarjetas de crédito.
Lo veía más bien moviendo el cielo y la tierra para ver mundo, viajando de un lado a otro para descubrir los pequeños tesoros que la gente pasaba por alto y luego muriendo con una sonrisa en los labios por haber visto más sitios que cualquier persona que en algún momento lo había mirado de una forma extraña.

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Poesía entrópica