~Pequeña aprendiz~

Me levanté y empecé a leer las líneas de mis versos de forma prudencial. No quería que se notase el nerviosismo que guardaba tras los labios, con un temblor anticipado de manos o de voz.
Leí las estrofas como si fuesen mis amigas, y resultó más complicado de lo que pensaba.
A medida que acababa la página, sentía como las palabras me iban desnudando. Llegué al punto y final del poema y noté como ya no me pesaba la ropa, pero si los sentimientos.
Y es que la poesía es algo demasiado profundo, incluso si se habla de la lluvia.
No tienen por que estar por medio los sentimientos, el amor, el odio o alguna lágrima. La poesía, en sí misma es algo tan puro, algo tan frágil, que hasta da miedo tocarlo.
Y es que es así, para qué os voy a engañar.
Me resultó complicado leer por primera vez para tantas personas un poema que había nacido de mi puño.
Luego vino lo fácil. Callar, levantar la mirada y sonreír con los aplausos que rompieron el silencio que había dejado mi voz.
Tuve que agachar la cabeza y sentarme, aunque las palmas siguieron danzando durante unos segundos.
Y es que no era vergüenza, era respeto.
Luego, en la siguiente vuelta, al levantarme de nuevo, una mujer me miró, y antes de que empezase a leer las estrofas del siguiente poema, me dijo mirándome a los ojos que yo ya no era una aprendiz de poeta, sino una verdadera poetisa.
Y ya me dirás tú qué debía hacer, si tan sólo habían escuchado un poema y ya me llamaban experta.
Sé que se equivoca.
Un escritor o un poeta, no es poeta ni escritor hasta que se muere, por que mientras tanto aprende de lo que ve, lo que oye y lo que le dicen para seguir mejorando en sus textos.
Asique mujer, si alguna vez lees esto, déjame el nombre de aprendiz, que lo llevaré sobre la espalda con muchísimo orgullo hasta el día en que me muera.

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Poesía entrópica