~Cosas que se quedan~

Era por la tarde cuando decidí ir a dar una vuelta. 
Me puse lo primero que cogí en el armario y salí de mi casa con los cascos puestos sin tener un rumbo fijo. 
Anduve por las calles vacías de mi barrio hasta que quedaron desiertas.
Mis pies tomaron la decisión de llevarme a donde menos quería ir. Ese puto lugar. 
Subí por el terraplén de tierra y rocas mal puestas que amenazaban con tirarme si ponía un pie en mal sitio. Sorteé los cardos que habían crecido mucho desde la última vez que había estado allí, y por fin llegué hasta el camino de tierra por el que andar no era algo tan peligroso. 
Subí un poco más hasta la pequeña casa en ruinas que estaba al final del camino. 
Entré por el hueco de la inexistente puerta y salté por los escombros de lo que antes había sido un techo. Me subí a una roca grande y salté por una ventana hasta quedar en el patio interior. 
Los coches corrían por la autovía que había delante de la casa y los invernaderos de color blanco se extendían hasta la costa. 
El cielo se confundía con el agua en un azul marino muy oscuro que apenas dejaba diferenciar las estrellas. 
Me quité la capucha y giré mi cuerpo lentamente. 
Empecé a temblar y a llorar. 
La pintura roja seguía intacta. Ni los números ni las letras se habían borrado. El 15 seguía estando ahí, bien grande. El Feliz día mi amor también. 
Me di cuenta que el agujero que había dejado mi puñetazo en la pared también estaba todavía y descubrí al mirarme la mano, que aquella asquerosa cicatriz tampoco había desaparecido. 
Y el corazón seguía llorando. 

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Poesía entrópica