América, historia 5

Era un joven que pasaba más noches a la intemperie que en su propia cama.
Salía, se iba a cualquier concierto en el que entraba por algún hueco que hubiese en la valla, bebía de vasos ajenos, se liaba con cualquier tía borracha y robaba carteras para conseguir dinero. 
Tenía pircings por todo el cuerpo y los brazos cubiertos de tatuajes hasta el pecho. 
Estaba a punto de perderse.  
Cada vez que él llegaba a casa a altas horas de la noche, su madre le miraba dede la silla de la cocina con unos ojos tristes y enrojecidos. 
El humo del tabaco sumía la habitación en un gris plomizo y las colillas se acumulaban consumidas y apagadas en un cenicero a punto de romperse. 
Él se quedaba en la puerta mientras ella, envejecida por más decepciones que años, se levantaba, apagaba el cigarro y subía las escaleras hasta su habitación. Llorando, siempre llorando. 
El joven volvía a salir de la casa con un portazo y desaparecía durante varios días. 

Dormía en la calle, robaba para conseguir dinero y comía en cualquier esquina. 
No pisaba el instituto y la gente le miraba con desdén, siempre por encima del hombro. 

Hasta que un día, se paró delante de ella y por primera vez, la vio. 
Una joven de pelo castaño y sonrisa engatusadora, de ojos verdes y mirada cálida. Con más curvas que la misma luna, con una familia más deshecha que él y con un corazón más roto que el suyo. 
Con pecas por todos lados, una piel blanca y frágil, y unos leves rizos que nadie apreciaba. 

Y como siempre, se enamoraron como nunca. 
Pero esta vez, las cosas no acabaron mal. Esta vez ellos no discutieron, ni se fueron con otra persona por que eran justo lo que necesitaban. 
Él cambió radicalmente. 
Poco a poco dejó los conciertos, las tías y el alcohol. Dejó de llegar tarde a casa y de no dar explicaciones. Dejó de fumar a escondidas y de robarle los cigarros a su madre. 
Se atrevió a formar una familia, y por primera vez en su vida, se sintió querido de verdad. 

Y siempre que podía, le recordaba a esa chica de ojos verdes que le amaba, y que sin darse cuenta, le había salvado la vida. 

Comentarios

Poesía entrópica