La chica de las palomas

La chica de las paloma estaba loca.
Tenía diecisiete años, puede que uno más o uno menos. Estaba prácticamente sola. Sus padres la tenían en casa por que era su hija, y no por nada más. Jamás le preguntaron como le iba en el instituto o a donde iba cada fin de semana. Tenían sus propias ideas. Pensaba que la chica sacaba el paquete de cigarrillos cada vez que cruzaba la puerta de casa, que bebía alcohol todas las noches de la botella de vozka que tenía debajo de la cama y que los estudios eran una simple tapadera para salir por las mañanas.
Ellos no sabían que su pequeña había crecido antes de lo previsto. Que había madurado mucho antes que nadie y que se sentía sola. Y estaba loca.
Se iba todas las tardes al parque y se sentaba en un banco. Sacaba la bolsa de pan que llevaba siempre en la mochila y desmenuzaba los pedazos antes de tirarlos a la acera.
Las palomas bajaban de los árboles y picoteaban el suelo justo a sus pies. Algunas incluso se subían al banco donde ella estaba y comían las miguitas que le quedaban en el regazo.
La chica se quedaba mirándoles los pequeños picos y las patitas. Cuando se quedaba sin pan, salía del parque y caminaba por las calles sola, con la vista en la punta de los zapatos por si acaso se tropezaba.
Había tardes en las que el móvil le vibraba y le llegaba un mensaje del dueño de la botella de vozka que tenía bajo la cama.
"Lo he vuelto a hacer" decía.
Ella daba media vuelta, aceleraba el paso y se plantaba en el portal del muchacho. Tocaba el timbre insistentemente hasta que le abría la puerta, subía los escalones de dos en dos y llegaba hasta el rellano del tercer piso, donde la puerta siempre estaba medio entornada.
Ella iba directa al baño y lo veía siempre allí, más débil que nunca.
Le quitaba las cuchillas de las manos, le limpiaba las heridas y le vendaba las muñecas, siempre muy despacio y con una delicadeza que sólo ella tenía.
Escuchaba llorar al chico y le notaba temblar entre sus dedos.
Luego lo acompañaba hasta su cuarto, lo metía en la cama y le susurraba cosas bonitas hasta que se dormía.
Entonces, ella se levantaba, cogía las botellas de alcohol que guardaba al fondo del armario y se las llevaba. Después de limpiar el baño se iba en silencio, guardaba las botellas en el bolso que siempre tenía y volvía a su casa.
Los demonios se convertían en los suyos, pero ella conseguía soportarlos.
Por eso estaba loca.
Y por eso, era la chica de las palomas.

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Poesía entrópica