No me da la vida.

No me he dado cuenta de que el árbol de mi calle se ha quedado sin hojas.

El ritmo de mi vida ha aumentado tanto en tan poco tiempo, que no soy capaz de disfrutar de las pequeñas cosas. Ya no puedo fijarme en el cielo cuando está anocheciendo por que estoy más concentrada en los folios que me quedan por estudiar. Ya no puedo jugar con mi hermano por que tengo que estudiar. Ya no puedo dormir, salir, descansar ni escribir por que tengo que estudiar (de hecho, ahora debería estar estudiando Filosofía). 
Hace mucho tiempo que no camino mirando al cielo, que no me fijo en las nubes, que no puedo pararme a respirar aire fresco por la mañana. Y todo por que tengo que darme prisa para llegar a donde quiera que vaya. 
Tengo miles de libros acumulados para leer, y no tengo tiempo para sentarme y disfrutarlos. 
Tengo miles de historias en la punta de los dedos, y aún no me ha dado tiempo a escribirlas. 
Tengo 24 horas al día, y no me bastan para estudiar todo lo que debería estudiar. Y es una putada. 

Me he sentado y he mirado por la ventana esperando encontrar algún rayito de sol.  Pero había anochecido y ni me había dado cuenta. 

Ahora vivo esperando. 
Espero que llegue el último timbre, que llegue el fin de semana, que lleguen las vacaciones de Navidad y luego que lleguen las de verano. Estoy viviendo en una espera continua por que quiero correr y llegar a mi meta. 
Y esa carrera diaria me está impidiendo disfrutar de las pequeñas y buenas cosas del camino. 
Y lo peor, es que no tengo ni puta idea de cual es esa jodida meta, y mucho menos, como llegar a ella. 

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Poesía entrópica