Bailaba. Bailaba sin parar. Reía y no podía parar de reír.
Estaba acompañada de la chica con los ojos más bonitos del mundo y bailábamos sin darnos cuenta de cómo el tiempo se escapaba de puntillas por la puerta. Y así, de repente, en el momento que te da tiempo a respirar entre baile y baile, nos dimos cuenta de que eran las 7 de la mañana y teníamos que llegar a casa.

Esa noche me sentí libre, guapa y borracha.
Esa noche fue el broche perfecto para cerrar una etapa más de mi vida.
Esa noche, la chica con los ojos más bonitos del mundo y yo bailamos hasta reventar, y me hizo darme cuenta de que no todo es blanco o negro,
de que no todo el mundo se queda siempre a tu lado,
de que no todo el mundo entiende las decisiones que tomas
pero que siempre hay alguien que puede ayudarte a disfrutar un poco más de la vida.
La chica de los ojos más bonitos del mundo me enseñó esa noche lo divertido que es improvisar y dejar de preocuparte por la hora de llegar a casa.

Pero yo no podía dejar de pensar en él y en cómo vamos a superar lo que nos viene encima.
He llorado.
He llorado en su cama, entre sus brazos, apoyada en sus hombros. He llorado en mi casa abrazando su ropa y preguntándome a qué coño estoy jugando y porqué cojones he apostado la magia que hay entre nosotros.
Porque somos magia, joder.
Cada esquina de mi vida que toca él, cada momento, cada instante, cada segundo en el que sus ojos están mirando los míos, somos magia.

Cómo escribir sobre él si me deja sin palabras cada vez que me mira.
Joder.

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