Estaba en la última clase del día, sentada en quinta fila y escuchando a la profesora hablar a un ritmo demasiado rápido como para entender realmente qué estaba diciendo. Puede que el hecho de que estaba bastante distraída, impulsase mi auténtica desorientación. 
Delante de mi había un chico sentado. Es bastante alto, con el pelo corto y moreno. Cada vez que giraba la cabeza veía la forma de su barba recortada en la mandíbula y una línea recta que tiene por nariz. Su perfil es bastante simétrico. 
A su lado estaba sentada una chica pequeñita, de piel clara y con pecas. Tiene unos ojos azules preciosos. Destacan en medio de su piel blanca como un trocito de cielo en un día nublado y son aún más llamativos porque están enmarcados por el azul de su pelo. Es el cuadro del mar en un día de verano. Ambos tonos se complementan de una forma tan extrañamente preciosa, que es imposible que pase desapercibida. 
Apenas prestaba atención a lo que decía la profesora porque ellos estaban mirándose. Veía sus perfiles recortados y como los ojos de cada uno se movían buscando la mirada del otro. Las pestañas bailaban con los párpados, los medios-labios de los dos dibujaban tímidas sonrisas. Para mí era algo precioso. 
No sé si se gustan, si son pareja o si van a llegar a serlo, pero en esas miradas había algo especial. 
Algo tan difícil de describir como la vida misma. 

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Poesía entrópica