Llevaba unas semanas pensando en que tenía que comprarme unos zapatos nuevos. Los que usaba diariamente tenían las suelas rotas y me dolían mucho los pies al caminar. Y fue hoy, justo hoy, cuando decidí salir a comprarlos. Durante estas semanas había estado fijándome en los escaparates de las zapaterías de 18 de julio. En realidad, buscaba algún comercio local y pequeño, pero aún no he paseado lo suficiente como para encontrarlo. Ya me había fijado en unos de suela ancha (porque la suela es lo que primero se me rompe) y entré en la tienda bastante decidida. Salí de allí con 900 pesos menos y una bolsa de papel de color rojo con el nombre de la tienda: Macri, desde 1894.  Yo pensaba en Argentina. El día soleado y con una brisa agradable me reconfortaba después de las dos semanas de niebla y lloviznas intermitentes. Me senté en la plaza de los bomberos y busqué, casi a la desesperada, excusas para quedarme debajo del sol. Aún estoy aprendiendo a hacer lo que quiero sin justificarlo y cuando me di cuenta de que no tenía ningún motivo para disfrutar de esa tarde libre, decidí sencillamente quedarme allí sin buscar razones. Cuando el sol empezó a juguetear con las hojas de los árboles y a mí me entró el frío por la piel, me levanté y me fui con mi bolsa roja de zapatos hacia la plaza de la Intendencia, esperando aprovechar los últimos rayos de la tarde. Tras la vuelta de reconocimiento, me senté en un banco en el que daba la luz de frente. A mi lado se quedó el hueco vacío de presencia, pero no tardó mucho en llenarlo el cuerpo de un hombre mayor con bastón y gafas anchas. De repente me preguntó mi edad. “¿Tenés 18 años?” me dijo. Y le contesté que no, entre precavida y vergonzosa. “No, para votar”, añadió. “21 tengo”, agregué escueta y ante su interés sobre mi posible voto, dije “española”, sin más. Podría haberme levantado entonces y evitar cualquier conversación con el anciano. La primera toma de contacto ya estaba hecha y probablemente seguiría un intento de diálogo. Las advertencias de mi madre y de mi abuela resonaban en mi cabeza como una campana. Miré a mi alrededor y luego, mientras él continuó hablándome, lo miré a él. “Tengo casi 90” me confesó y sentí que no podía hacerme nada malo. Siempre he sido confiada e inocente hasta casi decir tonta. Empezamos a hablar y yo cada vez me mostraba más comunicativa y más interesada en lo que me estaba contando. Me habló de política. Él es, desde siempre, frenteamplista porque “dentro de todos, son los que más benefician a los de abajo”. Repitió varias veces que era un privilegiado. Miró mi bolsa de zapatos, colocada como un tabique insalvable entre los dos, y me dijo que su hermano era el dueño de la empresa. No me lo creí del todo, “Montevideo no es tan pequeño”, pensé. Pareció ver en mis ojos algo de inseguridad y entonces me mostró la tarjeta del autobús, tapando el resto de sus datos, y pude ver que Macri era su apellido. Él también estaba receloso conmigo, no me dejó ver su nombre. Mencionó la batalla de Las Piedras, momento en el que la banda oriental se independizó de España. “Creo que fue contra vosotros”, dijo pensativo, y yo me reí por dentro ante la paradoja histórica que estaba viviendo. Él y yo allí, con 80 años de diferencia entre nosotros, hablando pacíficamente mientras nuestra historia había sido todo sangre y batallas. “Las cosas cambian cada 100 años”, me dijo, “Yo soy un privilegiado”. Me habló de cómo era antes Montevideo y fuimos, mientras el sol se ponía al final de la avenida y lo teñía todo de dorado, hacia la antigua sede del diario “El día”. La fachada del casino que llevo tres meses ignorando, se descubrió ante mí con el nombre del periódico en la parte de arriba. Entramos y vi perfectamente como las antiguas mesas llenas de máquinas de escribir y hombres sudorosos sin chaqueta habían sido cambiadas por hileras de tragaperras con brillantes luces. El techo interior del edificio estaba lleno de pequeños cristales de colores y las paredes de mármol blanco y negro ascendían hasta el primer piso. Subimos, él apoyándose en el bastón y en el pasamanos, y salimos hasta el balcón de la antigua sede periodística. Incluso allí, al aire libre y con el tráfico de la avenida bajo nosotros, había máquinas escandalosas. Hablamos. Su hermano lo llevó un día a la redacción cuando él era joven y ahora iba al casino de vez en cuando con su hija. Me mostró fotos de su familia, de sus nietos y desplegó ante mí toda una vida. Entramos de nuevo, dejando el oro del atardecer en el balcón, y llegamos hasta la parte trasera donde más y más colores, sonidos y monedas se movían capitalmente. Cuántos estímulos en una sola habitación. Él insistió en invitarme a algo de merendar porque era la hora en la que él tomaba algo, dijo, y nos sentamos en la barra del casino con un café con leche y un té negro delante. Qué imagen, me decía yo. Una veinteañera y un hombre rozando el siglo, en un casino, hablando del pasado. Podría ser tanto su nieta como una puta. Me imaginé escribiendo esto.
Leonardo Macri comenzó entonces a contarme su vida y yo lo cuento ahora ordenadamente. No tuvo ni madre ni abuela. Ha sido banquero y hubo un momento en el que los militares entraron en el banco y se los llevaron durante una semana. No habló de tortura, solo de trabajos que tenía que hacer para el ejército. Ya entonces era de izquierdas. Decía que los trabajadores del banco se habían comprado unas casas preciosas y que enfrente de él vivía un facho que de vez en cuando llamaba a la policía y decía “en esa esquina hay un banquero comunista”. Él nunca fue comunista. Aparte del trabajo oficial vendía discos de vinilo en algunas tiendas. “Entonces se puso brava la cosa, viste, y yo traía discos de izquierdas desde Argentina, pero les cambiaba la carcasa”. Una vez llegaron los milicos a su casa y estuvieron mirando los discos. Él temblaba, “podría haber ido preso, imaginate que sacan los discos y ven qué eran en realidad”. Me contó que guardaba discursos del Che y de Fidel Castro, que en su casa a veces dormían personas perseguidas o familiares de los perseguidos, y que ayudó a los tupamaros. Todo era para mi una película, una película de Uruguay en carne y hueso que me hablaba de algo más real que una pantalla de cine. Tuvo que cortar la historia porque lo llamó su hija “santita, no cuelgues la bandera del Peñarol porque ahora no está bien la cosa, aunque son los mejores y siempre serán los mejores”. Uruguay entero en un cuerpo de casi 90 años. Se casó a los 39 con la mujer más hermosa de su pueblo, que vivía a media cuadra de su casa, y se separó a los 70. “Tú ves cómo soy yo, ¿crees que puedo estar encerrado en casa y atado a una mujer toda la vida? Me dije que 40 años casado no aguantaba”. Sigue casado, pero su mujer vive en plaza independencia y él en plaza libertad. Va a visitarla a menudo. Se fue a Europa con la intención de ver París, siempre ha sido un romántico, pero acabó en Niza. Pagó 100 euros por una noche de hotel, conoció a una cubana que lo llevó al aeropuerto y pasó una semana entera en París. Visitó tres veces la Torre Eiffel y vio todos los museos. Luego fue a San Sebastián, pero se fue antes de que llegara Angelina Jolie (por el festival de cine) y luego estuvo en Toledo. Volvió a Madrid y no me contó nada más. Le pregunté si había sido feliz, y me contestó que era un privilegiado. Yo seguía sin entender cómo estaba viviendo algo tan increíble. Sentí cierta desvinculación con mi cuerpo, como me pasa siempre cuando estoy viviendo cosas tan fuera de lo cotidiano. Escribir esto lo convierte en real. Me dijo que sus ideales no casaban con la acumulación de cosas materiales y que nunca se mataría por dinero. Ama la vida. Me dijo que en Montevideo había cada vez más coches, porque si uno se compraba uno, el otro y el otro y el otro también querían un auto nuevo. Que se pagaban en cuotas y que él era afortunado porque nunca necesitó nada de eso. No lo anhelaba. Me pregunté cuántos años tendría el jersey que llevaba puesto.
Nos fuimos cuando ya era de noche y caminamos por la avenida escuchando la propaganda política de fondo. Le pedí un abrazo y nos despedimos en un cruce. Le hice un par de fotos desde la lejanía y me fui con la bolsa roja de zapatos colgando balanceándose en mi mano.

Ana diría que en realidad es una mala foto. Ella ha estudiado los planos de cámara y sabe lo que dice, pero a mí siempre me ha gustado el mar y la horizontalidad.
Javi me diría que le gusta caminar despacio y pasear sin importar el hacia dónde ni el hasta cuándo.
Mi abuela iría sujeta a mi brazo y suspiraría recordando la niebla de los amaneceres gallegos y la humedad, pero echaría de menos el verde de todo lo verde que falta aquí.
Mi madre buscaría algo que hacer mientras tanto. Nunca desconecta, nunca descansa, nunca se para y respira sin pensar en que es demasiado tarde y hay que hacer la cena.
Mi hermano iría caminando por el borde, saltando y desafiando todo lo desafiable. Me preguntaría si puede bajar a las rocas, que quiere investigar. Y yo le diría que sí solo para ir con él, porque en realidad me muero de ganas de volver a ser una niña.
Sofi me abrazaría y yo la abrazaría más fuerte para que sienta que todo está bien, que estoy a su lado y que no queda tanto para conseguir la libertad.
Pienso en qué escribiría Octavio y sé que sería capaz de condensar el color de las nubes, el sonido de las olas, la niebla, el olor de las chimeneas y mi tristeza en cuatro páginas. Él sacaría la literatura de todo esto y yo lo escucharía leer mientras le sostengo la cerveza.
María estaría contenta de estar allí conmigo, me diría "mi niña" y diría que está feliz y me haría ver todo lo bonito que tiene la vida.

El hombre está al borde del llanto.
Yo os recuerdo y os traigo a mi lado para no sentirme tan sola.

A veces tengo ganas de escribir, pero llevo mucho tiempo sin sentir esa necesidad.
Todo está estable, pero es algo que echo de menos.



Hoy tu imagen, tu recuerdo, me ha golpeado.
Pareces el aire frío de las mañanas,
el aire frío de un invierno al que he llegado buscándome.

En qué lío me he metido, me digo.

A veces me pienso contigo al lado.
A  veces te pienso y me embarga la ternura.
Yo, toda ternura contigo.
A veces te pienso conmigo y me embarga la tristeza.
Entonces sangran mis decisiones,
me lo cuestiono todo.

Dónde te has metido, me digo.

¿Sabré olvidar?
No lo creo, le digo a Silvana Estrada.
Puede que aprenda a dejarlo todo debajo de la almohada durante el día,
ahí, tranquilo.
Puede que aprenda a domarlo, domesticarlo y seguir sintiendo aquí, a mí.

Pero por la noche,
cuando me salgan las raíces y me entierre entre el colchón y las mantas,
meteré las manos debajo de la almohada
y te encontraré quieta y silenciosa
como tu recuerdo en esta ausencia tan mía.

¿Qué hago con los poemas que tengo atravesados?
Cuidado, me digo.
Hay un cartel gigante que te advierte:
Peligro de derrumbe.


Tengo un ovillo de lana en la cabeza.
La oveja negra está dando saltos dentro de mí.

Intento repensar y repensarme,
pero no puedo.
Así que decido fijarme en lo que siento físicamente.
Centrarme en lo real, en lo único que tengo claro que está ahí, en mi cuerpo y en mí misma.

Vale.
Empecemos.
Estoy en el coche de mi padre y quiero dejar de oler su tabaco.
Me perfora las fosas nasales como una metralleta cancerígena.
La muerte llega lentamente.
Preferiría estar fumando yo ese cigarrillo, pero si fuera tabaco de liar y con boquillas de menta.
Como las tuyas.
Pero eso me lleva a ti y prefiero no entrar en esos caminos. Mejor no.
Camino vetado.

Estoy sentada incómodamente.
No me encuentro.
Soy demasiado grande para esta falda, para este asiento y para este coche.
Me sudan las piernas y mi celulitis se pronuncia con la luz del sol.
El body positive se ha ido a la mierda  y no me veo ni la mitad de guapa que esta mañana.
Menos mal que no he enseñado mis junglas,
porque entonces los susurros que he dejado atrás serían gritos de alerta.
Todos escandalizados.
De nuevo me autofusilo.
Me siento débil.
Camino prohibido.

Intento seguir identificando qué siento.
Me duele la barriga y no sé si es hambre o ganas de vomitar.
¿Vomitar? ¿Por qué?
Siento el regusto de la carne que he comido accidentalmente. Siento las patas de los langostinos que he tenido que sacarme de la boca. Siento los huesos del pollo crujiendo, los escalofríos y las ganas de ir al baño y escupir.
Culpable.
Yo no quería. Yo no quiero.
Se me revuelve el estómago, pero pienso.
Es todo mental, me digo. No quieres comer animales por tus ideales, así que objetivamente no tienes ganas de vomitar.
Idea descartada.
¿Hambre?
No. Puede que ansiedad.
¿Por qué?
Por la madeja de lana negra que da vueltas en mi cabeza. En el centro del ovillo, tú.
No quiero avanzar por esos derroteros.
No quiero pensar en ti.
Camino excluido.

Me siento débil y llegamos a una casa donde no me reconocen,
donde me dicen "qué piernas tienes, madre mía",
donde me siento juzgada y sobrante.
No encajo allí. Soy demasiado grande para esos ojos.
Me miran culpándome de mi ausencia.
Incómoda, como siempre.

Me asfixio e intento concentrarme de nuevo en mí misma.
Repienso y pienso cómo soltarlo todo.
Se me ocurre este poema.
Estoy más tranquila.
He llegado a casa, a mi hogar.
Terreno seguro.
Camino seguro.
De nuevo, estable.
Escribiendo.

Camino correcto.

Paso por tu lado y te posas en mi.

Tranquilo. Ligero.

Tus ojos viscosos y derretidos me miran el vientre.
Te relames,
goloso,
con los dientes negros asomando en el vacío

Tus manos supurantes adquieren la forma de mi pecho.

Estás lleno de yagas,
los ojos amarillos,
la piel embrutecida, áspera, callosa.
En la mano te chorrea la sangre.
Culpable.

Lengua bífida se agita en tu cueva bucal.
La culpa te ha comido los dientes.
Te sigues deshaciendo en pringue y mucosidades verdes.
No hay culpa, culpable.

Eructas, te llevas la mano a la entrepierna y el pelo rizado te asoma por el pantalón.
Selva, selvático y salvaje. Barbarie.
Levanto el brazo y mi bosque te saluda.
Pones cara de asco,
te sacas la mano,
te la sacas
y te vas desfigurado por la calle.

Te giras para mirarme una última vez y empiezas a arder.
Acabas siendo charco de lodo, vísceras y sangre.
Todo ardiente.

Todo arde.

A ti te mataría el último

Hoy me he parado entre dos de las líneas del paso de cebra. Me he parado en medio del bullicio de la gente que camina rápido para que no se le pasen los 20 segundos.
Y he pensado en ti.
Te he recordado en el instituto, tu primera copa, tu primera calada. 
Te recordé en el cine, en el centro comercial, en las escaleras de tu casa y agarrándome el culo como si fuese tuyo. Todo tuyo.
En aquel momento, yo era toda tuya y lo sabía.
Me abría de piernas ante ti con la misma facilidad con la que me abría el pecho.

En medio del paso de cebra me miré por dentro (un lugar raro para la introspección, lo sé) y me sentí completamente diferente.
Me vi lejos, muy lejos

de ti.

Tú tan de traje y yo tan de asamblea.
Tú tan de cuentas y yo tan de libros.
Tú en el banco y yo en la calle.
Tú tan de fútbol y yo tan de manifa.
Tú, tan raíz con tanta tierra y yo con tantas ganas de volar.
Tú tan tú, siendo completamente tú, y yo tan yo, siendo continuamente otra.

Es imposible no pensar en ti si cada vez que nos vemos me arrastras hasta tu cama sin siquiera preguntarme cómo estoy.
He aprendido tanto, tantísimo,
y he volado tan alto...
tus ojos piedra ya no me ven.

Te falta el rojo y el morado, el cielo y las plumas.
Te faltan muchas cosas para ser pájaro.

Pero a pesar de todo, nadie se olvida del primer amor.

Las olvidadas

Después de todo lo estudiado, lo leído, lo comentado y lo discutido,
qué quieres que te diga,
no he conseguido que Pardo Bazán,
ni Rosalía de Castro,
ni María Zambrano,

ni Irene Montero,
ni Inés Arrimada,
ni Susana Díaz,

ni Marta Sánchez,
ni Lady Gaga,
ni siquiera Belén Esteban,

estén en los puestos más altos de mi lista de referentes.

He hablado de ellas. He escrito sobre ellas.
Han estado en mi boca y en mis manos y frente a algunas de ellas me quito el sombrero.
Pero para mí,
no
son
ejemplo.

En los últimos años de mi vida he buscado referentes femeninos casi con prisa
y así intentar recuperar toda la historia que se había quedado escondida, silenciada.
He encontrado figuras que cambiaron la narrativa, el teatro, la poesía,
y la política y  la música.
Ellas también hicieron historia. Cambiaron la historia.
Puedo votar y estudiar gracias a ellas.

Parece que llegué ayer, y aunque con certeza sé que no sé nada con certeza, he descubierto algo.
La carretera siempre da para pensar. He pensado en ellas.
En mi madre, en mi abuela, en mi tía, en mi bisabuela.
En todas esas mujeres que veo día a día llorar y reír al otro lado de la mesa.

Si me dejáis, voy a hablar un momentito sobre ellas.

De mi bisabuela sé que guardaba el poco dinero que tenía dentro de unas medias, debajo de una piedra, en el camino que hacía hasta la lavandería. Y que quería casarse para ser dueña de su propia casa. A mí solo me sonreía en silencio, desde la esquina del sofá verde. Cuánta historia tendría cada arruga de la piel.

De mi abuela aprendí que en algunas vidas hay que sobreponerse a la muerte. Incluso a tu propia muerte. De ella he aprendido muchas cosas, como a hacer tortilla de patatas y a saborear el pan mojado en café. A decir palabrotas en gallego. A ganchillar, a tejer, a ver Pasapalabra. Con ella he entendido qué el olor a comida al entrar en casa. He entendido entre sus brazos qué es un hogar. Y que siempre quedan ganas de reír.

De la hermana de mi abuela, aquella de rojo, he aprendido que nadie tiene que decirme qué hacer. He aprendido a poner un plato en la mesa a quien lo necesite. Qué donde caben 2 caben 8. El carácter. La fuerza. La energía. El fuego en la mirada. La paciencia, el cariño. He aprendido qué es el amor atemporal e incondicional, que está ahí siempre, esperando a que entremos por la puerta.

De mi tía he aprendido el pelo revuelto, el violeta, las libélulas. Qué es la libertad y de dónde viene mi rebeldía. A veces me he visto más en ella que en mi madre.

Pero de mi madre...
Buah.
De mi madre no puedo decir nada que no me haya enseñado. Desde la simpleza del comer y del andar, hasta  la complejidad de mis derechos, el debate, las hipotecas, los bancos y las cuentas corrientes.
De mi madre he aprendido cosas hasta cuándo no me estaba enseñando.
De sus caminar y del sonido de sus tacones en la calle, de sus relaciones, de sus amistades.
He aprendido hasta a coger el teléfono a las compañías de telecomunicaciones que te llaman todos los sábados a la hora de la siesta y a pesar de eso, ser educada.
A dar las gracias, a cuidar, a querer como si fuese de mis entrañas.

De mi madre he aprendido a reconocer el trabajo de aquellas a las que nadie reconoce nada
y al final acaban siempre en
el olvido.
El vecino del edificio de enfrente, el del balcón del tercero, ha salido a fumar con la bata de casa. 
La ceniza cae mientras el humo sube. Él está quieto y suspendido justo en el ángulo intermedio. 

Se ha ido el sol, pero no está atardeciendo. 

El vecino del edificio de enfrente, el del balcón de cuarto, ha salido a fumar. No tiene pelo y parece que tiene frío. Por dentro. 
Mira el suelo de la calle. 
Mira mi ventana, no me ve. 

La luz del segundo se enciende. 
La chica de enfrente está tocando un violín. 
La pareja que vive encima de mi gime. 

Veo dieciocho casas con veinticinco mil vidas en cada una. 
Las paredes guardan historias. 
Algo se me revuelve en el pecho al ver un edificio viejo con las paredes negras, 
las ventanas destruidas
y rezumando una calma especial en cada hueco del vacío. 

Desasosiego y melancolía. 

Los vecinos del edificio de enfrente se han ido. 
Ya ha anochecido. 
Olvídate de mí, si lo necesitas,
si el recuerdo duele más que la cama vacía.
Dolerá más saber que estoy doliendo.

Yo no creo que pueda olvidarme de ti,
porque la verdad es que quiero recordar hasta tu saliva,
tus esquivos y tus tus sustos cuando casi te
                                                                   estás
                                                                         quedando
                                                                                     dormida,  pero parece que quieres despertar y seguir respirando fuerte.

Por eso te miro fijamente cuando cantas, cuando bailas y cuando te está venciendo el sueño.
Por eso te acaricio la cara y la línea de la mandíbula como si fuese ciega,
por si acaso es lo único que puedo mantener inmarchitable.
Te toco los lunares que me gustan,
los pliegues de tus labios
y el contorno de tus orejas frías, siempre frías,
e intento así no olvidarte nunca.

Vamos a dejar que nazcan las arrugas y las canas, como si el tiempo solo bailase para nosotras en el salón de casa.

No quiero olvidarte, incluso si en algún momento dejamos de ser
infinitas.
Te veo a media luz, como si fueses parte de una película preciosa.

Está todo hecho un desastre:
los platos sucios,
el suelo con migas de pan,
la ropa arrugada adornando la habitación
y al sofá se le caen los cojines.
Pero
        me
             da
                 igual.

Me he quedado en tu cuello y no quiero salir nunca.
Me he quedado debajo del edredón y no quiero salir nunca.
Parece que el tiempo se       ha       parado.
Ya no tenemos que decidir nada,
ni esperar a nadie,
ni morir en un intento salvaje.
No tenemos por qué morir.

No tenemos por qué llorar, pero
pero también se me han quedado un par de gotas entre los ojos.
Han salido después
con todo el dolor
con culpa.

Lo siento. Siempre lo siento.

Llego tarde a todas partes y por eso siempre quiero quedarme un ratito más.
Siempre llego tarde y lo siento.
Llegué dos horas tarde cuando yo quería quedarme la noche entera
                                                                                   la vida entera.
Por eso quiero quedarme un ratito más.


P A T R I A R C A D O







He venido a hablar claro, alto y sin miedo.


Tengo sangre entre las piernas y duele.
Me he manchado las bragas y recuerdo la vergüenza que sentía a los 12 años cuando no sabía cómo quitar el rojo de las sábanas.
Me duele la barriga, los riñones, la espalda, los pezones, el útero, la cabeza, la vagina y las tetas.
Duele y sangro, sangro mucho.
He sido niña y hoy estoy recordando todas las heridas que tengo marcadas en la piel.
He sido niña, pero ahora siendo mujer sigo teniendo miedo.

Me gusta decir que las estrías son los arañazos que me quedan por luchar contra el patriarcado. Están ahí desde los once años.
Aparecieron en cada trozo de piel, por todos lados y he intentado echarlas de mi cuerpo de todas las formas posibles como si fuesen mis peores enemigas. Pero ahí siguen, con un poco de rebeldía en cada punta. Ya son parte de mi.

He estado gorda. He estado delgada. Me he enfadado con mi cuerpo muchas veces y he llorado delante de la báscula porque marcaba un número demasiado alto. Me decían que tenía que adelgazar. Siempre. Siempre. Siempre. Adelgaza. No comas. Cierra la boca. Acabé diciéndomelo yo y cada bocado era una derrota.
Con el tiempo he empezado a quererme. He aprendido a quererme. Con mi pecho, con mi barriga, con mis estrías y mis pelos.

Los pelos. Yo no sé si sabíais que las mujeres tenemos pelo y no solo en la cabeza.
Tenemos pelos en los sobacos, en las ingles, en los dedos de los pies y en el coño. Me gusta aclararlo porque cada vez que se ve a una mujer sin estar perfectamente depilada, nos llevamos las manos a la cabeza.
Nadie me obligó nunca a depilarme, pero tampoco me dijeron que tenía la posibilidad de no hacerlo. Lo asumí como algo perfectamente natural: yo no debía tener pelos. Y me sentía obligada a arrancar cada vello que me salía en cualquier parte del cuerpo. Y yo no quiero hacerlo.

Parece que esto es una cosa de jóvenes locas que no saben qué quieren en la vida. Pero hazme caso, sabemos perfectamente qué queremos en esta vida.
Sonrío porque estamos juntas, porque somos una, porque llenamos las calles de pañuelos morados y de gritos de resistencia. He llorado mientras os veía gritar y luchar por nuestra vida.

Chicas, amigas, hermanas. Si mañana no llego viva a casa, si mañana me violan y me matan, quemadlo todo, que no quede nada. Hacedlo por las que se han ido, por las que quedan.
Que yo sea la última que muera por ser mujer





1 de Septiembre, Cádiz, Festival Campano


Mi madre me parió sin saber que ella sería madre y padre al mismo tiempo, desconociendo en qué se convertiría ese trozo de carne que acababa de salir de sus piernas y aceptando todas y cada una de mis debilidades desde el minuto cero.
Mi madre me parió sin saber que a los 20 años me plantearía todas y cada una de las verdades que me han colocado en los hombros sin permiso, aceptando que yo iba a aceptar todo lo que el mundo ha aceptado.
Mi madre me parió y fui una, una sola y conmigo misma, luchando por dentro y por fuera, hacia dentro y hacia fuera. Inverso, reverso y vomitando rabia en cada una de las palabras que iba a escribir en mi vida.

Mi madre me parió, te parió y nos parió. Porque madre solo hay una, una sola y consigo misma.

Trago saliva, remuevo la lengua entre los dientes y respiro. Observo y me callo. Paladeo el momento y acaricio el placer que supone sentirse entendida por lo menos una vez en la vida. Veo pies descalzos, pelos sueltos y pechos descubiertos. Y así me muestro, y así os veo. Salvajemente libre.

Os miro y veo libertad en vuestras pupilas.

Somos una generación perdida.

Perdida entre rocas y carroñeros.
Creo que hablo por todos al decir que no tenemos ni puta idea de qué va a ser de nuestro cielo.

Somos una generación perdida.

Perdida entre verdes manzana y rojos sandía, pero con ganas de comernos, saborear, chupar y lamer cada hueco que tiene el mundo.

Yo no quiero un coche si no tiene un colchón en el maletero y cientos de kilómetros sobre las ruedas.
Yo no quiero una casa si no puedo poner flores en las ventanas y dejar las puertas abiertas para irme y volver cuando quiera.
Yo no quiero carne, sudor y sangre de un animal que nació donde no debía.
Yo no quiero marido ni mujer, ni anillos de boda, ni fotos de portada con flores blancas y arroz en los costados.

Yo no quiero. 

Lo tengo todo al alcance de la mano.
Solo me hace falta volar y tener la libertad que vosotras tenéis en los ojos.
Pero sobre todo quiero perderme en mí misma, siendo una, una sola y conmigo.

Yo quiero.
Quiero quererme queriendo querer.
Quiero atardeceres al límite de la cordillera, cuerdas rotas y gargantas quemadas de gritar.
Quiero arrasar mi vida, secarla y volver a empezar.
Renacer.
Renacer a un ladito del mundo y seguir girando, sangrando, luchando y cantando.
Quiero que duela todo lo posible para sentirme viva.
Viva por lo menos una vez en esta puta vida.

Las tragedias del siglo XXI

Ya no me habla. Ha dejado de seguirme en Instagram. 
¡No ha visto mi historia! 
¿Por qué me ha dejado en visto? 
Y ahora, ¿qué le contesto?
Hoy me he enamorado 4 veces en el autobús y otras 3 de camino al Mercadona. 
Y qué tragedia, 
qué tragedia estos amores imposibles que no voy a volver a ver en la vida. 
Se me ha caído el móvil y se me ha roto la pantalla, la cámara interna y todos mis followers. 
Se han roto los followers. 
Pero, ¿te puedes creer que me ha bloqueado en twitter?
¡Qué tragedia!
Y qué me pongo esta tarde. Y qué me pongo esta noche. 
No tengo tiempo. 

Pero el mundo se está muriendo.
Nos quedamos sin bosques, sin comida y sin agua. Nos morimos así, tal cual, lapidados por nosotros mismos.
Nos estamos condenando.
El Ser Humano se está muriendo. Dejo a un lado mi misantropía y me quito, botón a botón, la chaqueta del odio y puedo ver que mi sociedad se está perdiendo en una marea de despersonalización y pasividad. Insumisos.
No todo da igual, solo han dejado de importar las cosas importantes.

Se alza el fascismo en Brasil, en Italia y en las plazas de toros de España.
Se nos deshacen las selvas entre las manos y se mueren los monos, los gorilas. Los pájaros han dejado de volar. Las golondrinas ya no traen el verano.
Se convierte en eco cada muerte de mujer.
Y las guerras civiles se llevan vidas a puñados.
No podemos pasar la frontera porque nos deportan y se quedan con todo lo que nos quedaba en los bolsillos. Ya nada se escurre por los agujeros.
Falta comida, mantas y amor en más casas de las que podría contar con todos los dedos.
Y me discriminan por ser negra, por tener pene, por tener vagina, por liarme con un chico o comerle la boca a una tía. Y ridiculizan mi lucha.

Mírame, ya no estoy sola.

El mundo se está muriendo, pero a mi no me queda tiempo para soñar.

Espera, ¿me has dejado en visto?



Tengo el corazón lleno de girasoles
y el pecho a punto de estallar por las flores que han crecido de repente.
Los pétalos me hacen cosquillas en las costillas y yo solo quiero coquetear con tu boca.

El cuerpo me pide escribir sobre ti, literal y metafóricamente.
Cada esquinita de tu espalda es un salto de página y los dedos me gritan que te arañe, que escriba, que haga y deshaga, encima y debajo, con mordisquitos y besos por el cuello. Lento, muy lento.
Siempre despacito y con buena letra. Siempre con amor de mandarina y regusto a tabaco.

Qué quieres que te diga, tengo hasta las pestañas deseando verte.
Tengo el corazón y los labios llenitos de ti.
Tengo algo salvaje debajo del ombligo y me queda algo de libertad en el fondo de la boca.

¿Te vienes a escalar árboles conmigo y a refugiarnos bajo el edredón de todo lo malo del mundo?

Rojo
Azul
Amarillo
Verde
Luz
Más luz
Luces de colores subiendo, bajando, de lado, del derecho, del revés.
Luz, luz blanca, luz blanca de frente. Entrecierro los ojos. Se me empequeñecen las pupilas, ¿pero pueden? ¿tengo acaso pupilas?
Se enciende, se apaga, se enciende, se apaga. Parece una película y todos nos movemos muy lento.

Vuelo. Siento que vuelo. Arriba, abajo. Parece que salto y vuelo.
Aleteo y me elevo unos centímetros del sucio suelo. No sé si me gusta más el aire o la tierra.
Viento, frío. Bailo, me muevo.
Me intentan pegar un manotazo pero lo esquivo. Sigo volando. Estoy arriba, arribísima.
Voy puesta hasta arriba. Creo que es el polvo blanco, o la mierda, o todo junto. Hoy he comido mierda.

No sé a dónde mirar. Tengo demasiados ojos. Hay demasiadas luces. Subo, bajo, vuelo, siento que vuelo. Siento las vibraciones de los altavoces. No puedo posarme. No puedo parar.
Arriba, arriba, viento, arriba, abajo.
Más luz. Luz blanca yendo y viniendo. Rojo, azul, amarillo, morado, naranja. Me deslumbra. Me agobio. Ya no bailo, pero sigo volando. Intento subir. Me da el bajonazo. Caigo, caigo rodando y alguien me pisa.

Así acabó la mosca que quería ir de concierto.
He subido a un autobús lleno de almas vivientes.
Nos tocábamos unos a otros, nos rozábamos, nos mirábamos intentando saber qué había más allá.
Era casi erótico el baile que practicábamos entre los arranques y los frenazos, entre los roces de manos, de culos, de pelvis y culos, de piernas, de brazos, de brazos y cuellos.

Coincidir. Simplemente coincidir.
Detrás de mi, un piano y un músico hacían equilibrio. Madrileños. Aires de bohemios. Juntos y callados. Pronunciaban todas las consonantes y eso era raro.
Sigo con el rabillo del ojo la conversación de whatsap de la chica que está delante de mi. Le dolía la cabeza esta mañana y acaba de salir de trabajar. El viernes tiene turno de tarde, de 17 a 21. Está cansada y hoy no sale de cervezas, ni de fiesta, ni se enrollará con nadie. Tampoco se torcerá el tobillo en el escalón de la discoteca ni se preocupará por cómo le quedan los pantalones nuevos.
A su lado, una mujer mira en Facebook una noticia sobre los maestros de las escuelas públicas andaluzas. Pone el Google Maps. Mañana va a la playa y parece que sus amigas van con ella.
Un chico ha entrado en el último momento por la puerta de atrás. No ha pagado y yo estoy enfadada. El pelo amarillo destaca sobre todas las cosas: ¿se acuerda de mí? le pregunta a un señor entrado en años que resulta ser su antiguo profesor de Física y Química. La conversación descubre que el niño de pelo pollo estudia economía. No ha pagado el autobús y yo me enfado.
También hay una mujer enfadada. Curvas, redonda y rosada. Viste de negro. Se come las consonantes y me gusta. Se enfada por la huelga de autobuses. Cuando sale del trabajo, no puede llegar a su casa hasta tres horas después, pero se queja y quiere poner hojas de reclamación para ayudar a los conductores en la huelga. Se solidariza. Tiene conciencia de clase. Me gusta. Grita y explica por qué se hace la huelga. Propone soluciones. Yo pienso que sería una buena alcalde, pero tiene que ir a atender mesas en el bar de su barrio.
Dos niños de treinta años juegan al Pokemon Go sentados. A un señor mayor le duelen las piernas.
Yo vuelvo cansada, con una camiseta roja atada a la riñonera, con una libreta llena de apuntes sobre la Violencia de Género. Me pregunto si la mujer que hay sentada tres filas detrás de mí es una mujer maltratada.
Y coincido. Simplemente coincido.

Llego tarde.
Salgo.
Corro.
Esta noche he bailado hasta caer. Esta noche he bebido hasta reír.
Y coincido con ella en la esquina de la calle más fría de toda Graná.
Sonrío y me pregunto si conseguiré que me abrace fuerte antes de marcharme.
Todos mis yoes coincidimos en lo bonito que sería besarla.

Los poetas mindundis

Hay un ser más sociológico que mitológico que está conquistando las calles.
Es un animal tanto diurno como nocturno,
que no tiene horario fijo ni un atuendo definido.
No suele ir en manada pues es un ser individual, único e inigualable.
Hablo del poeta.

Pero, aclaremos una cosa:
hay muchas especies de poetas,
poetas antiguos,
poetas hombres,
poetas mujeres,
poetas reivindicativos.
poetas guasones,
poetas exiliados,
poetas muertos,
poetas olvidados,
poetas que escriben de verdad
y poetas que usan las páginas para limpiarse el culo y lo llaman poesía.
Poetas hay por todos lados,
en los bares,
en los baños,
en los botellones
y en los apartamentos más caros de toda la ciudad.
Hay poetas que escriben en papel,
en internet,
en las paredes,
en las fachadas,
en las puertas de los baños,
en libros,
en servilletas.

No, si poetas hay a montones.
Pero... pero hay una especie especial de poeta que está multiplicándose de forma asombrosa.
Es el llamado poeta mindundi.
Puede adquirir cualquier apariencia, es así de camaleónico. Su apariencia no es lo verdaderamente importante. Lo relevante es lo que lo hace poeta: su poesía.
Y es que el poeta mindundi está caracterizado por poseer algún poemario publicado o a las puertas de la publicación sin haber alcanzado apenas los 23 años. No es exclusivamente eso, ya que otros muchos de poetas no-mindundis publican sus escritos a una edad temprana.
Su personalidad también viene definida por un aire de superioridad que lo obliga irremediablemente a mirar a todo el mundo que no sepa de poesía por encima del hombro.
El poeta mindundi es capaz de subirse a un escenario y hacer una corrección sobre lo que ha leído otro poeta.
Es capaz de sacar sus poemas de una carpeta roja en mitad de una conversación que no tiene nada, absolutamente nada que ver, con lo que se está hablando y dártelos esperando una respuesta. Una vez que te entrega el folio con una estrecha columna escrita en el lateral izquierdo, se pone la mano en la boca para intentar ocultar la sonrisilla que dice "este es bueno, realmente bueno" mientras entorna los ojos intentando parecer alguien.
El poeta mindundi tiene la necesidad, como si le quemase en la boca, como si fuese la droga más dura y necesitada del mundo, de decir en algún punto de la conversación que es poeta.
Y se llena la boca,
el pecho,
las manos
y a veces los bolsillos, diciendo que es poeta.
También llenan libros con cantidades de páginas en blanco, a veces marcadas únicamente por dos míseras frases que todos hemos dicho en algún momento de nuestra vida.

Suelen subirse a escenarios y soltar una parrafada incomprensible, un torrente de voz con palabras enrevesadas entre sí y alegorías que todos ellos conocen. Terminan con una entonación especial y esperan el gran aplauso del público, los vítores y las palmaditas en la espalda. Suelen, en ese momento, promocionar sus poemarios, sus libros o lo que sea que hayan cagado aquel año.

Oiga, cada uno hace lo que quiera con su vida. Cada uno escribe como le sale de la punta del higo o de la zanahoria  y puede hablar sobre lo que quiera, cuando quiera y de la forma que quiera.

Pero a mí,
a mí como persona que escribe de vez en cuando y no es ni mucho menos una poeta,
que no me quiten el rojo de la rebeldía,
el morado de la lucha,
y las ganas de seguir cambiando el mundo con cada palabra que pongo en mi boca.
A mi,
como persona que no es ni mucho menos una poeta,
que no me quiten la poesía.

En ese momento sentía el dolor del mundo en cada una de mis vértebras.
Sentía el quejido de las heridas sin cerrar,
cada uno de los gritos que habían resonado en mi cabeza
y las agujetas de un corazón que palpitaba a contratiempo.

En ese momento pensaba en los niños que no tienen qué comer,
en los gatos que mueren de sed,
en los perros atropellados
en los hombres que piden en la calle,
en las mujeres que lloran en la esquina de la habitación.

Pero el bullicio se fue apagando.
Ya casi no oía cómo el mundo se lamentaba. Ni siquiera oía mi propio llanto.
Allí, al amparo de su cuello y con su mano en la espalda podía percibir perfectamente como todo lo que dolía se hacía muy muy muy pequeño.

Aquello era amor.
Un amor lento, del que no se espera nada, del que no se quiere nada.

Me bailaban las ganas de besar debajo de la lengua, pero ni siquiera hacía falta.
Con una caricia nos lo habíamos dicho todo.



Este año he podido crecer y aprender cada miércoles en el Rastrel, un bar salmantino que me ha cautivado. Solo espero que podáis sentir debajo de la piel una mínima parte de todo lo que yo he amado desde la barra. Solo quiero que podáis sentir debajo de la piel la libertad que yo he sentido encerrada entre aquellas cuatro paredes. 

Al Rastrel, donde siempre he sido libre




Entro y me siento.
El cristal de la ventana está húmedo. Está empañado. Llora.

Se sube un hombre al escenario y todo el mundo calla. No se oye masticar ni el choque del vaso con la barra. Casi no se oye la respiración, pero la escalera sí que suena. La puñetera escalera que se queja constantemente y de la que los músicos y los poetas estamos hartos.

Empieza, todo empieza. Acaba. Vuelve a empezar y vuelve a acabar.

Me voy.

Entro y me siento. Esta vez sonrío.
Escucho. Me emociono, me pongo nerviosa, lloro por dentro, se me pone la piel de gallina y vuelvo a irme.

Entro, me siento. Miro la pared del fondo y me pregunto qué cojones es y cómo puede haber tantas guitarras apoyadas en una misma mesa. Esta vez me siento en la escalera, en la escalera quejica. Creo que todos pensamos que se caerá en algún momento

Sigue siendo invierno. He saludado por primera vez a alguien a quien veo todos los miércoles.

Y me voy. Y vuelvo. Así periódicamente. El cristal sigue empañado. La cerveza también está fría. El suelo me congela el culo y la corriente de aire que entra por la puerta me recorre la espalda. Así cada vez que alguien llega, cada vez que alguien se va.

En medio de este baile de entradas y salidas, de idas y venidas, sucede algo realmente importante. Y la gente lo sabe, lo siente, se palpa en el ambiente y todo es silencio. De nuevo todo es silencio.

Un cantautor acaricia su guitarra. Sonríe, entona y llora por dentro. Él dice que por eso le gusta el indie, porque es capaz de expresar perfectamente cualquier sentimiento.

Una chica rubia a la que solo le faltan un par de rastas más para ser hippie completamente recita. Nos habla de animales y todo es divertido, pero entonces habla del Ser Humano y todos nos quedamos rotos.

Una chica de pelo largo, rojo, con la piel muy blanca y un perfecto maquillaje canta, canta desde dentro e hipnotiza. Siempre dice que no sabe qué cantar hoy, pero sinceramente me da igual qué toque siempre que no deje de hacerlo nunca.  

Aparece el chico de las comillas con el pelo un poco revuelto y recita cosas que le salen directamente del pecho. Se nota por la voz que tiene y por la forma en la que sonríe al final de cada poema. Nunca he conseguido entenderlo del todo.

Una chica con acento del sur, muy del sur, se sube al escenario y recita con el corazón en un puño. Solo hay que ver cómo se encoge sobre sí misma y cómo serpentea seseando sobre el escenario. La he visto llorar en una esquina mientras alguien hablaba de los hijos de la madera. Y qué tristeza joder.

Se suben una guitarra, un bajo y un violín. Y cantan. Bueno, más bien gritan. Le gritan a la libertad, a la rebeldía, a la censura. Uno suele hablar de Carlos Chaouen. Otro hace la canción de las versiones más alucinante que nunca he escuchado. Ella toca el violín y parece que te acaricia el alma mientras tanto. 

Un escritor de tiempo libre recita o canta (todavía no sé muy bien a qué se dedica). Suele usar un ritmillo para que llegue mejor a la gente, y nosotros, como un público ejemplar, intentamos ayudarle siguiendo el tempo con palmas o chasqueando los dedos. Siempre acaba perdiendo el ritmo, sacudiendo la cabeza y pidiendo otro trago de cerveza.

Una chica habla de las imposiciones sociales que sufren sus jamones (llamados comúnmente piernas) y el hombre de la barba canta recién afeitado. 

Y así, poco a poco, se van quedando las sensaciones debajo de la piel.

En este escenario hemos hablado de amor, de desamor, de soledad y de suicidio. Hemos cantado en gallego, en francés, en inglés, en italiano. Ha pasado México, Argentina y Chile. Y el cubo. Siempre ha pasado el cubo mágico: pasa por aquí vacío y llega por aquí lleno de monedas para la gente que ha participado. Los billetes no hacen ruido. Todo el mundo dice “oh” y no sé si es porque esto se acaba o porque ha llegado la hora de pagar. 

Entro y me siento. Saludo, sonrío, doy dos besos y abrazo a Soledad. El cristal ya no está empañado. Al ruido de la escalera se le ha sumado el ventilador y ahora algunas personas prefieren estar fuera fumando, bebiendo y hablando. Ya me he enamorado unas 857 veces en este bar. 

Aquí no solo se canta ni y se recita. Aquí se lucha, se grita y se pelea. Aquí se canta Despacito y se convierte en un himno LGTB. Nos expresamos sabiendo que podrían detenernos por ello. Nos expresamos sabiendo lo que duele no poder hacerlo. Gritamos. Gritamos muy fuerte por las injusticias, por el dolor, por la sangre, por los estereotipos, por el capitalismo, por la homofobia, por la transfobia, por la libertad de expresión, por las asesinadas, por las muertas, por las muertes. Gritamos a pelo, sin protección, con una cerveza en la mano y las ganas de revolver y resolver el mundo.

Gritamos y gritaremos. Gritaremos para el pasado mañana, porque para el mañana ya estamos gritando hoy.

Una mujer en silla de ruedas mira el escaparate de una zapatería. Ella quería ser bailarina de claqué.

Un hombre mastica el chicle de hierbabuena sin azúcares añadidos que se ha metido hace unas horas en la boca, pero intenta paladear los aromas que salen de la panadería que hay enfrente. El hombre se escucha el estómago rugir y se mira las piernas gordas, extremadamente gordas. Todavía sigue intentando entrar en la talla 34.

Una mujer ojerosa, con los dientes amarillos y el hígado destrozado, mira la licorería que hay enfrente de su casa mientras se dirige al centro de alcohólicos anónimos. Piensa qué hará con todo el dinero que ya no se gasta en botellas de Whisky barato y piensa en una playa del Caribe. Pero se ve sola y solo piensa en el mojito y la cumbia.

Un hombre observa a los niños en el parque, cuenta las patadas al balón, las faldas de colores y los castillos de arena. Entrecruza los dedos, cierra los ojos y se imagina esa risa que acaba de sonar saliendo de la habitación naranja que hay al final del pasillo. Luego baja la vista y se pregunta si aquella accidental patada en los genitales es el motivo por el que lleva tres años intentando ser padre. 

Una mujer observa cómo se ríen las personas en la pantalla del cine mientras juguetea con los antidepresivos que lleva en el bolso. Su madre siempre le dijo que era un bolso demasiado grande para ella. Su madre siempre le dijo que sonriera un poco. Pero ella llora.

Un hombre camina por las calles de la ciudad sin saber muy bien hacia donde va. Acaricia las paredes. Ese olor le resulta vagamente familiar y cree haber visto antes esa fachada verde. Gira a la izquierda, gira a la derecha y una joven de pelo revuelto se acerca corriendo hasta él con una mirada de alivio en el rostro. La conoce, sabe que la conoce, pero no se acuerda de su nombre ni de por qué le inspira tanto cariño. Su hija lo coge del brazo y lo conduce hasta casa.

Una chica coge el chocolate, los cruasanes, las galletas, los cereales rellenos de leche y los flanes de huevo y se encierra en su cuarto. Come, respira y llora. En ese orden. Engulle, traga y llora. En ese orden. La chica abre twitter y lee "me encantan las personas rotas" y se da cuenta que el chaval que lo ha escrito no tiene ni puta idea de lo que es estar roto por dentro. Y llora.

Todos llegan a casa y escriben. Todos están enfermos, todos sufren.
Todos
son
poetas.
Todos lloran.